martes, 17 de octubre de 2017

¿POR QUÉ HACEMOS LA PAUSA IGNACIANA? Fundamento antropo-teológico.


Fundamento antropo-teológico del hombre pleno: ser imagen de Cristo
Por Emmanuel Sicre, sj

“Decimos, en efecto, que Dios y el hombre se sirven mutuamente de modelo el uno para el otro, y que Dios se humaniza para el hombre, en su amor por el hombre, en la misma medida en que el hombre, fortalecido por la caridad, se transforma por Dios en dios”.
Máximo en Confesor 662 d.C.

Cuando hacemos la pausa que san Ignacio nos recomienda al terminar alguna actividad tomamos contacto con algo muy importante: lo que somos y Dios siendo en nosotros, en la historia, en el mundo. De allí que el hábito del examinar nos dé alguna novedad sobre nosotros mismos, o una confirmación de algo que está pasando en nuestra vida, o alguna invitación a crecer. Se trata de un ejercicio de autonocimiento y, al mismo tiempo, de reconocimiento de Dios. Por eso, para quien está en conflicto con la fe, lo primero es más fácil que lo segundo. Sin embargo, el hábito del examen al buscar el cuidado de la interioridad, de la dimensión espiritual de cada uno, puede convertirse en una acción más de siembra a largo plazo que una constatación directa de la vida de fe.


En efecto, una vez que uno haya hecho la indagación por el ser del hombre y habernos asomado a su misterio, esto es, al entramado de hilos diversos que constituyen su condición de posibilidad, cabe preguntarse: ¿Por qué el hombre anhela conocerse a sí mismo? ¿Por qué la fuente de la sabiduría radica en la verdad de su ser? ¿Qué hace al hombre ser un buscador de sentidos a su existencia? En definitiva, ¿por qué el hombre?
Desde una comprensión antropológica integral que abarque la mayor cantidad de vínculos constitutivos del hombre y su circunstancia -como la que pretendemos en la educación ignaciana, nos llega la certeza de la complejidad de relaciones que nos atraviesan y constituyen, pero, al mismo tiempo, brota el asombro por la belleza de lo que es el ser humano. ¡Qué increíble ser es el hombre! ¡Qué admirable!
Esta paradoja que somos está en plena sintonía con la tradición judeocristiana cuando ve a Cristo como la plasmación de Dios en el hombre por medio del Espíritu. Es decir, cómo el Espíritu realiza en el hombre la nueva creación que nos es dada en Cristo Resucitado y entonces descubre el sentido de su vida en este mundo. Cristo es el hombre vincular pleno hecho carne, esto es, hecho historia. Él es el hombre que vivió el vínculo con sus cuatro dimensiones (con el mundo, con él mismo, con los demás y con Dios) plenamente vivo y, si bien sufrió la tensión que corta el vínculo, nunca se dio, gracias al amor del Padre y la fuerza del Espíritu que siempre circuló por los canales de su ser.
La nueva creación que inaugura Cristo con su entrega de la vida por amor al hombre manifiesta cómo es que Dios revela el ser del hombre en su plenitud. Cristo es el hombre nuevo, Cristo es el ser humano integral que ha restaurado todos los vínculos que sostienen el ser del hombre. Por medio de él es que ahora sabemos cuál es el hombre que Dios crea a su imagen y semejanza: el hombre pleno. Por esto, toda nuestra vida tiende a estar tensionada a dejarnos salvar en nuestros vínculos constitutivos, para que podamos ser imagen de la Imagen por la que fuimos plasmados al venir al mundo.
¿Para qué? Bueno, para que podamos hacer lo que hace Cristo y que nos es comunicado por la Palabra de los Evangelios: dar, entregar, ofrecer la vida por amor sin esperar nada a cambio. Por eso, la fuente de la sabiduría radica en el hombre mismo, porque al buscarse a sí mismo encuentra la imagen del Cristo interior que es y desde la cual Dios le comunica su sostén, su gracia, su vida.

Cuando la ruptura de los vínculos obtura los canales por donde circula el ser del hombre y lo encierra en sí mismo, la percepción del Cristo interior plasmada en lo más íntimo del ser humano queda disminuida o muerta. He aquí la dificultad de sentir y creer en la dignidad propia y del hermano, en la del mundo como creación y no sólo mera naturaleza, en la del amor como fuente y destino del ser del hombre. Sólo esa dignidad es la que le permite al hombre creer que un Dios como el de Jesús sea real, verdadero y divino. Por eso, cuando nos enamoramos de la dignidad del hombre, del mundo y del amor, nace en nosotros el deseo de ofrecer la belleza de nuestra vida por la verdad.

4 comentarios:

  1. A mi me gustaría que lo explicaran con palabras más sencillas y claras

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    1. Imagina que somos un lago y deseamos con todo el corazón saber qué hay en el fondo. Nos disponemos a bucear y después de atravesar con algún esfuerzo el agua no siempre muy clara, nos encontramos con el Rostro de Cristo. Entonces le hallamos el sentido al para qué de nuestra vida porque al descubrir eso sentimos que podemos amar y ser amados.
      Gracias por tu comentario, Anónimo!
      Saludos

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  2. Muy bueno!!!! saludos desde Resistencia Chaco.
    Román Luis.

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Luis! Saludos!

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